lunes, 5 de febrero de 2018

N.


A ti, el de los ojos medio Soles.
Tú que esperas leerme y presionas para hacerlo.
Gracias a ti por todo aquello a lo que no se les suele dar.
Te agradezco los despertares en los que duele abrir la mirada al mundo
o
tu mano agarrando la mía en las posiciones que me resultan más cómodas
y
que tus caricias se fundan con mis ganas por darte un beso.
Gracias por los domingos donde la pizza es nuestro mejor amigo,
los ratos en los que te hablo dormida y tú,
ríes
porque te gusta reír, porque,
BRAVO por hacerlo. 
Me das aire.


Te debo trescientas noches calmada y otras tantas siendo una revolucionaria.
Salir de una sala de cine a tu lado y meternos de lleno en la historia que acabamos de ver.
Cantarle al mundo que se vaya a la mierda pero que nos mantenga un poquito más en ella.
Ganarme un sueldo como ayudante de la RAE gracias a ti.
Una mirada al pasado. Al punto donde nos conocimos. 
Gracias por secar las pocas lágrimas con soplidos,
da gusto llorar.

Y yo, que no te tengo delante pero sí presente, 
te agradezco las margaritas en primavera y el verano que aún no nos ha tocado los pies. 

A ti. Por ser como te nace ser y compartirlo conmigo. 

"Nos vemos en Grecia" como imperativo de un te quiero. 



martes, 26 de septiembre de 2017

Angelitos.

La varita que todo lo cura.
Y por si nos quedamos cortos, te rozo con ella aquí. Aquí. Y aquí también.
Por si te faltan ganas de sonreír, yo te regalo unas cuantas muecas para que lo hagas.
Si te cuesta mantener tu mundo en pie, tan sólo sujétate fuerte a mi hombro y nos impulsamos. 
¿No te llama la comida? No te preocupes, pedimos una pizza de esas que te gustan y engordamos juntos.
Se te cierran los ojos. Aquí estaré frente a ti para contarte los movimientos que haces mientras sueñas. 
Tenemos el día doblado, ¿y?. Unos chistes con acento andaluz y de nuevo escucho tu peculiar carcajada.
El día está feo. Bajamos persianas, encojemos los hombros y lo volvemos bonito. 
Hablamos de la vida y tú, como siempre, me llevas la delantera en experiencias mofándote cariñosamente de las mías.
Te robo las zapatillas de estar por casa aunque calces un cuarenta y tres. Te ríes de mi manera de andar con ellas. 
Frunzo el ceño cada semana recordándote la envidia que me das por tener esa profundidad en tu color de ojos. 
Tu pelo canoso me resulta adorable, así que, aunque no te gusta, lo atuso cuando te despistas. 
Hoy hemos descubierto juntos que acariciarte la espalda con las uñas es otro placer de tu mundo. 
Ser conocedor desde hace poco de mi gusto por escribir y que se te escapen las lágrimas al leerte algo. 
Pensar que he cerrado una conversación con un "pos eso" y que la finalices tú con "poseso, es un loco".
Darte besos en la frente al despedirme de ti y que me digas que tengo un problema con los mimos. 
Odiarnos mientras nos queremos. En eso ganamos. Siempre lo haremos.

Y así, casi sin darme cuenta, te adoro

papá. 

lunes, 27 de febrero de 2017

Vengas de donde vengas.

No supe la razón de que me dijera aquella frase a las diez de la mañana de vuelta de una fiesta, pero de seguro, me hizo pensar. Tanto que a día de hoy me sigo levantando repitiéndola a lo largo de la mañana y de la noche.
Quizá es que realmente mis ojos se lo estaban contando, mientras mi boca mantenía silencio o es que tal vez, era algún tipo de mago mental que sin saber nada de tu vida, aquello clave, lo acierta. 

"¿Sabes? En tu mirada leo que te han hecho daño, pero dime ¿te respetas lo necesario para que no puedan hacerlo?"

Hizo un gesto de despedida con las manos, el semáforo se puso en verde e igual que llegamos juntos a esa ciudad después de dos horas de tren, se fue. Y se fue de una manera que jamás vi a nadie marcharse. 
Sus pasos me parecían eternos, enigmáticos. Como que cada uno que daba, tiraba de mi hilo hacia él. Pero yo no me movía, ni siquiera supe despedirme. Con la boca abierta veía cómo se alejaba, girándose de vez en cuando y repitiendo ese gesto con la mano. 
Dejé de ensimismarme para echar a andar hacia mi casa. ¿Qué es lo que me ha dicho? ¿Qué es lo que he hecho para que lo diga?

"¿Te respetas lo necesario para que no puedan hacerlo?" 

Una y otra vez. ¿Lo necesario?
 Pero este tipo quién era. ¿Por qué una persona a la cual conozco de media noche, ha sabido decirme lo que llevo guardando entre algodones toda una vida? Quizá la respuesta sea no. Quizá por eso me molesta tanto volver un domingo por la mañana con algo robándome el sueño y mis verdades. 

Y sé que no volveré a verte. Que te cuesta el español. Que seguramente esa noche también te costé yo. Pero desde aquí, en mi cabeza y en mis folios con tinta, he de darte las gracias por decir en alto lo que yo me grito callada. 
Por engrasar una puerta sin llegar a saber que chirriaba. 






martes, 3 de enero de 2017

Vicios

Eres tabaco.
Y como todo tabaco, he de dejar de fumarte de a una. 
Sin titubear ni mirarte de reojo. Verte pasar de bocanada en bocanada para mí no ha de ser tentador. 
No olerte y de hacerlo, dejar pasar el aroma palpable en tu rastro. 
Como tabaco que eres, el propósito de año va dedicado a no respirarte. 
Mi necesidad de ti después de salir de la ducha aún con el pelo mojado y un moño, asomándome a la ventana haga frío o calor, pasará a segundo plano mientras sigo observando a los transeúntes a través de ésta, sin tu presencia. 
No te necesito después de un polvo, ni siquiera detrás de un café. Las conversaciones no serán con la misma aparente seriedad, pero sí con otro tipo de sabor. 
Nunca más mis camisas, ni tan siquiera mi pelo, me recordarán a ti. Ya no te sujetaré más entre mis dedos. No te querré para mí solo ni te compartiré con mis amigas. 
No serás la vela de este entierro, ni te pisaré cuando acabe contigo. 
Pero sin reparo digo que has sido el mejor remedio para satisfacer mis nervios y mi ansiedad, a veces, por volver a encenderte de nuevo, otras por llegar a darte un par de caladas. 
Con el tiempo, recordaré tu humo característico como uno que se desvanece y mezcla entre otros. 

Tú volverás a ser tú, 

pero sin 365 días en una vida y nada de mi recuerdo en tu filtro.


lunes, 4 de julio de 2016

Antes.

¿Quién ha sido el que te ha dicho que no puedo hacerlo?
Te ha mentido, porque no es tan improbable que lo haga. 

Antes de morir y reencarnarme en los ojos de un papel de fotografía,
he de decirte que te estás equivocando.
Que aquí, de pie en este mundo, tan sólo estoy parida por mi madre,
criada por mis ideales. 
Que antes de morir, voy a vivir por tres
dejándote con la miel en los labios de no haber sido por cuatro.
Que voy a llorar como nunca lo hice
rompiéndome hasta el alma de todo lo que me ría.
Que antes de morir voy a poder odiarte 
de la forma más dulce en la que te jamás te odien
y
te voy a visitar cada noche que se me antoje
tener un rato el olor a cuero de tu coche, en nuestro propio cuero. 
Que antes de que se me borren las arrugas de la cara,
me cercioraré de grabártelas en la mente,
quizá también en la frente.

Tengo todo de mi parte para poder hacerlo,
porque antes de morir
volaré de aquí a las nubes y no en un avión.
Encadenaré cada uno de los versos
que separan tu mano de la mía. 
Antes de morir cantaré a oídos insatisfechos
que los ritmos cambian,
que la música te mueve de diferentes formas. 
Sin duda, antes de morir haré 
que sonría cada uno de los lunares de tu espalda.

Te mintieron al decirte que no me daría tiempo
que no me daría la vida
porque antes de morir, 
aquí
ahora
mañana
seguiré mirando de igual a igual
las muecas que me pone el Sol 
a las nueve de la tarde un día de verano. 
Y te contestaré, pensaré en ti y lo sabrás 
porque antes de morir 
podré decirte todo lo que me arde aún en la boca,
lo que me recorre las venas
que algún día dejarán de tener caudal.
Sabrás
que antes de morir, voy a ser eterna 

y todos podréis verlo. 

















miércoles, 1 de junio de 2016

Chin-chin.

Esa manera tan característica que tienes
de mostrarte al mundo tras las persianas,
recogido entre almohadas tejidas de historias
de música para oídos vírgenes
que no han sido abiertos a tu silencio, 
aún sin haberte escuchado asumir
que quizá tu universo no es tan malo
si dentro encuentras otro corazón amigo.

Esa manera de querer cerrarte a veces, 
asustado de lo que propiamente eres
y alguien descubre proponiendo que quizá
deberías esperar, hacer un alto
confiar en ella, que no parece del todo errónea.
Coger aire e ir hacia delante
con tus miedos e inseguridades
dejarte mimar el ánimo.

Tus defectos, tus virtudes
la risa que tienes bostezando
casi a las cuatro de la mañana,
el formato de tu voz susurrando
a gritos que está cómodo
como nunca imaginó estarlo.
Deshinibirte y olvidar lo que muestras
para dejar ver lo que eres. 

No pintar de negro las aceras
para que alguien se asuste y no las camine
tenerle miedo al valiente
que decide sentarse en el escalón de tu portal
solo por ver cuánto de los nervios te pone
y reírse mientras ve en tu cara
que también eres de los que se sorprende
cuando le pillan con la guardia baja. 

No pisar un suelo nuevo
por miedo a que acaben bailando en él. 
Que descubrir a alguien que te conozca 
no sea tan extraño. 
Que te sepas valorado por 
todo aquello que callas
y otro sabe leer,

no sea tan grave. 




domingo, 22 de mayo de 2016

Autosinceridad.

Olía a ese tipo de miedo imperioso reconocible a kilómetros de aquí. Cada vez que una frase se enlazaba a otra que parecía ponerse seria, con esos sonoros tópicos que no le gustaba nombrar, su expresión entonaba la clásica incomodidad del que sabe sin querer saber.
Sus problemas siempre fueron las corazas forradas de cartón en las zonas cercanas al alma, y es que no se conocía como lo hacía yo. 
Los papeles del fuerte de la película quedaron muy atrás ya, como siempre le repetí; pues cuando todo a tu alrededor parece ver lo que tu cabeza no es capaz de asumir, el rol de valiente te queda grande. Y la estampa no es más que la de él con su cara de circunstancia y yo con la divertida sonrisa de saberle a él mismo incomprendido. 
Tampoco es para tanto. Tan sólo que a veces las cosas te sacuden cuando nunca pensabas que lo fueran a hacer y una vez que las tienes detrás, dándote palmadas en la espalda para que sepas que están ahí, nos quedamos paralizados y no somos capaces de girarnos para mirarlas de frente. Y en lugar de eso, te encuentras ahí de pie, fingiendo no sentir, no escuchar y no creer que algo te está tocando. 
No le culpo. Jamás lo hice. Cada matiz de cada momento llega si tiene que llegar y si no, simplemente vivimos haciéndonos los locos y desaprovechando la que podría ser una buena vivencia. Casi como saltar sin cuerdas de un puente, pero sabiendo que una vez estés descendiendo, dejarás arriba la duda de un vacío. 
A veces me sorprenden aquellas personas capaces de negarse a lo que les gustaría comprobar. Básicamente es quitarse de la boca la cuchara rebosante de crema de cacahuete, después de verla, olerla y casi saborearla, tentándoles a más no poder no habiendo comido desde hace... no sé, quizá toda una vida. 
Pero si una cosa está clara, es que hay veces -no digo siempre, sólo veces- que quitarte la venda de los ojos no requiere de tanta franqueza para con nosotros mismos. Dejarse llevar, sería la mejor de las opciones. 
No blanco. No negro. Dejarse llevar como color intermedio. 

Y es probable que entonces, dejes de vivir tu propia mentira. 
























jueves, 28 de abril de 2016

Y esas cosas.

Hasta que no estemos bien alto. 
Olvidándonos de esta piel que se cuartea con el Sol. 
Subamos hasta tocar el techo impalpable de la vida. 
Pregúntame lo que ya sabemos.
- abrázame ahora. -
Recuérdame quienes éramos antes de perdernos.
Juega con mis sentimientos como si fueran un ovillo de lana.
Haz que tenga ganas de amar lo que no siento. 
Desafía esta gravedad inexistente entre los dos.
- relame mis lágrimas. -
Añora con alegría todo lo que tenemos.
Sacúdete el pelo cada vez que me reencarne en una mirada.
Piérdete conmigo mano a mano en tu peor pesadilla.
Sonríeme cuando pensemos ambos en comernos a cachos. 
- echa la vista atrás. -
Devuélveme la manera de bailarme las pestañas. 
Atragántate mirando por primera vez mis labios. 
Quiere lo mejor de lo peor en mi vida.
Ayúdame a susurrarte cada noche. 
- víveme lento. -
y no te arrepientas jamás.





domingo, 11 de octubre de 2015

Se miraron un segundo como dos desconocidos.

La escuchaba perplejo deshojar el mundo.
Se empapaba cada vez que ella abría la boca y se reía pulcra de lo que es la vida a los veinte años. Otro color en el aire, otras pisadas más cortas y rápidas. Despreocupación por la preocupación. Alegría post-adolescencia. La impalpable manera que tenía de llenarle los oídos (y el alma) de ganas por morder unos labios tan frescos como la lubina del puerto esa mañana.
Se planteaba toda una trayectoria, décadas y mundos. Camas deshechas de amor y de monotonía. Su mirada se perdía cada tarde en el techo de aquel garito, que entre tazas y agua, pasaba las mañanas aletargado y las tardesnoches, esperándola.
Estaba jodido, jodido y contento. Deseoso de poder escaparse cada vez que se cruzaba con su silencio y con ese perfume que cambiaba cada día.

Ella hablaba con los ojos.

Irradiaba vergonzosamente todo lo que se imaginaba en su casa, pues nunca supo disimular cuando le salían solas las sonrisas. Su locura estaba equivocada, pero la bendecía cada mañana antes de empezar la jornada. Se plantaba donde quería, a horas que causaban pellizcos y ganas. Alimentaba cada rayo que parecía incidirle directamente a ella. Aunque supiera que sus pulsaciones estaban fuera de lugar y de lógica, siguió moviendo el culo con gracia cada vez que sonaba una canción que le gustaba. Absorbía cada letra siempre pensando en hacerla suya y compartirla, si él se dejaba, con sus ojos. A la cerveza le daba tres sorbos de inocencia y pensaba que todo estaba bien, pero nada lo estaba en ese pequeño habitáculo. 



Creyendo su propia mentira, sus alter ego caminaban al compás de los días, que parecían tener prisa por acabar tan pronto como una hoja pisada en otoño.
Y éstos, con sus lastimeras ansias y esa esperanza labrada en el ambiente improbable, casi nulo, decidieron que ya no más. Arrancando de una vez la mala hierba (que a veces es buena) supusieron que dejarían de desesperarse por esperarse. Y así, los días ya no fueron tan seguros, las casas cada vez fueron más frías en algún sentido que aún no quieren comprender. 
Dando lugar a seguir debiéndose todavía, un baile lento.  

















jueves, 10 de septiembre de 2015

Cafeína.

No era ni tan oscuro ni tan claro
el día en que crucé la puerta.
Tan sólo recuerdo un color brillante
observando desde el otro lado,
con sabor (me lo decían sus labios)
a café. 

Palpé una historia, y así, 
desde el principio de todo
la quise como mía.
Ese perfume sería, 
como es, ahora que lo sé, 
mi nuevo segundo hogar. 

Quizá debí haber preguntado
si habría sitio desde entonces
para dos cortas piernas y
una boca tan pequeña como un dedal. 
Quizá hubiera dicho que no, 
dándome una despedida con la puerta.

Pero no lo hizo, 
yo tampoco me fui
y poco a poco sentí la vida
más mía, más tierna,
expectante y eufórica
con cada grano de café de la máquina.

Dos horas eran múltiplo de nada
cada vez que oía el cuento de
esas cuatro paredes (sin contar el baño).
Consiguió encandilarme el bolsillo
de aquella camisa, 
siempre la misma, siempre tan única. 

Quisiera que supiera
que desde entonces a ahora,
nada siguió ni tan sencillo,
ni tan complicado.
NI TAN OSCURO,
NI TAN CLARO.















domingo, 30 de agosto de 2015

Los buenos.

Cosas que jamás supiste. 

Cuando escucho algo atentamente, tiendo a morder la piel de mi pulgar derecho hasta hacerlo sangrar.
Si voy a llorar, a mi nariz le entran cosquillas y para calmarla, me la froto haciendo círculos.
Me gusta abrir las ventanas de par en par, sobretodo las noches que hace frío. Adoro el frío.
Tan sólo sentí mariposas en el estómago una vez.  
Me produce ansia que me miren a la boca mientras hablo. 
Casi siempre me autoduermo cogiendo un mechón de pelo y enredándolo en dos dedos.
Soy dada a hablar despacio, pero no soporto escucharme haciéndolo. 
Las galletas para desayunar, partidas a la exacta mitad.
Cuando hace un día de viento y yo voy en su contra, el aro de mi nariz parece que baila con él y me hace cosquillas. 
La parte que más me gusta del día es con el atardecer. El Sol se refleja en la pared anaranjada de mi habitación y puedo hacer sombras. 
Cuando siento que mis párpados se cierran, me rizo las pestañas con los dedos.
No sé beber directamente de una lata. Por eso siempre bebo de botellas de cristal. 
Si ha llovido o lo está haciendo, procuro saltar y no pisar todas las alcantarillas que encuentre en el camino.
Es difícil de primeras que algo me llame la atención, pero cuando lo hace, voy directa a ello. 
No soy capaz de curar una herida sin haber quitado su postilla cuatro veces antes. 
Lo único que consigue relajarme de verdad cuando estoy nerviosa es la melodía de un piano.
Siempre que me siento en algún lugar, tengo la necesidad de cruzar las piernas de algún modo. 
Me gusta mancharme mientras pinto. Ya sea las manos, la ropa o la cara. 
Aun sigo creyendo que el lunar que tengo en mi brazo derecho, se lo quitó mi padre para dármelo a mi. 
Y que las personas que tienen otro cerca de la punta de la nariz, tienen muchas historias que contar. 
Una vez conté hasta tres estrellas fugaces desde mi ventana. Pedí cuatro deseos por si acaso. 
Tiendo a poner los labios a modo pez cuando estoy concentrada leyendo algo.
Los pendientes me hacen daño, tan sólo uno sigue colgado desde hace siete años. 
Me divierte despertarme, frotarme los ojos y sentir que tengo legañas. Me hace pensar que he dormido bien. 
Los días en los que el viento me huele diferente, son buenos días siempre. 
Pienso que estar en silencio en compañía, es uno de los placeres de las relaciones. 
A veces, cuando he pasado una larga temporada dándome baños en el mar, pasa un tiempo y sin más, vuelvo a tener la sensación de estar flotando en él. 
Me gusta cocinar para los demás pensando que no van a comer nada de la misma manera en su vida. 
Los buenos días son fundamentales. Las buenas noches están sobrevaloradas. 


Cosas que ya sabes.










lunes, 9 de marzo de 2015

A ti, por si estás en la página número 1.

El noventa por ciento de las veces, la vida te pone elecciones a izquierda y derecha. 
Elige, te dice con una mueca de superioridad, como si ya supiera de antemano que la vas a cagar.
Llega el segundo de la elección y efectivamente, la cagas. Pero lo haces porque no has sido egoísta antes.
Egoísta, sí. Elige lo que te inspire oportunidades sólo a ti. Deja a parte todo aquello que te aleje de una decisión soleada y clara. No nos arrepintamos más.
Solemos caer en la tentación de atender a todo aquello que nos rodea y que nos detiene de una manera u otra. Una palabra. Un amor pasado. El recuerdo que te ha quedado de él. El trabajo aquel que nos amargó la existencia. Piedrecitas. 
Aquí tan solo estamos para elegir, y bueno, equivocarnos al fin y al cabo lo menos posible. Por eso creo que es necesario hacer hincapié en desechar lo que realmente nos pesa un poquito a la espalda.

Pensadlo así. Ésto es como comenzar un libro con portada en negro y hojas en blanco. Joder, qué siniestro todo, pensaremos. Vale, pongámosle algo de luz a lo que se vaya escribiendo. 
Primer capítulo. Cagada en él. No falla, pero también es normal. Perdonémonos, es la primera. Hasta el quinto no podemos llevar a cabo el cambio de actitud. 
Llegamos. Quinto, y qué pasa. Pasa que estamos quemados, que el libro nos empieza a aburrir pero sabemos que hemos de acabarlo porque de todas formas la vida hay que seguir escribiéndola. Estamos más decaídos, decaídos porque en el capítulo tres ayudaste a un buen amigo cuando lo acababa de dejar con su pareja, y sí, lo bueno duró un tiempo, fuiste un gran apoyo para él. Pero no sientes que se te haya reconocido al verle volver con su ex y desplazando todas aquellas tardes de cervezas y terraza frotando tu mano en su espalda y diciéndole que todo le irá bien, que se de un respiro. Y es verdad, el respiro se lo dio, pero soplándote a ti. Bonito capítulo. 
El cuarto fue un poco más amoral. Las cosas no iban bien en tu casa. Demasiado movimiento y ahí estabas tú siempre, en medio de todo. Te chocaba la cama y te chocaba el sofá. Un plato que cae por aquí y una ducha con agua fría por el otro. Una pareja que se rompe, el sofá que ya no está, la cama cada día es más fría y tú sigues ahí, contemplando mientras te chocas con todo. La página 185 ya te está tocando las narices, asi que cierras el libro de golpe y chillas que hasta aquí has llegado. 
¡Bienvenido al capítulo cinco! A partir de esta página vas a tener que abrir los ojitos que por las mañanas se levantan llenos de legañas ocupas. Ya está bien. 

Aquí y ahora. ¿Qué me queda por vivir? ¿Ésto de aqui? venga, sin ningún problema. Que ese amigo no te tuvo en cuenta después de la ayuda, que el plato de tu cocina se rompió en muchos trocitos y todos te azotaron el pie, que te sientes decaído. No lo olvides, utilízalo. Mira por ti. Abre la ventana de tu mente, esa que a veces creemos que es un poco injusta, y tan solo observa lo de fuera. Te fijas en todos los detalles y llegas a la conclusión de que todo lo que ves, esos siguientes capítulos, sólo te contienen a ti y a los que realmente sudaron corazón y tripas para estar allí, en ellos. Los que luchan por sacarte una sonrisa cada día aunque sea de los días malos a rabiar. Aquellos que te inyectaron adrenalina de la buena en tus momentos de flaqueza entre los capítulos uno y dos. Los que te soplen, sí, pero para empujarte a avanzar. Quédate con lo que te tenga entre algodoncitos y te salga a ti querer tener de la misma manera.
Sé egoísta para el resto del libro ese que parecía tan oscuro. Comenzarás a reírte a carcajadas de la cantidad de tropezones, zancadillas, palos y agobios de los que te has librado gracias a pensar un poco más en ti y en todo lo que mereces que te rodee. 
Quiere lo realmente bueno. Deshazte de lo prescindible. 



Haz de la experiencia algo maravilloso.




















jueves, 8 de enero de 2015

O duermo y dejo la puerta de mi habitación abierta por si acaso se te ocurre regresar.

Apenas vi una mañana que me sonreía la luz tramposa entre la persiana de mi vida,
la agarré con la palma, cerrando el puño y fuerte
- así -
supe que esta sensación no expiraría jamás. 

Y a partir de entonces unos cuantos andares interrumpieron el tráfico
de aquel agosto que despuntaba perezoso,
como siempre. 
Como nunca apareció y se presentó - Chavalita, déjame parte de tu hueco. -
Sin apartar mis ojos de sus palabras y dejando espacio a un nuevo cuerpo,
tropecé con mi perdición. 
- ¡ay, que duele! - 

A mi no me va ésto. Le dijeron amenazantes mis cejas encogidas. 
Destrocé todas las huellas que me delataban quererte desde ahí.
Haciendo triquiñuelas te escuchaba sin que se notase
y quizá maté más de una neurona
queriendo no sonreirte.
Pero tú,

- Chavalita, por favor. Mírame. -

y tu sonido tentador,
junto a los hoyuelos que guiñaban el aire,
hiciste que cometiese la salvaje aventura de desgarrar las tablas de mi vida.

Como un ladrón con su mochila, 
uno a uno fue robando unos minutos que se hacían cada vez más blandos
menos resentidos, más amables. 
- ¡Eh, chaval! sin trampas. -

Extrañamente, 
entre el tráfico agotado de observarnos y tu sonrisa destrozando mi camisa,
fui perdiendo la parte antagonista 
y por no pecar de egoísta
me perdí hasta ahora y en tu risa.

Malditos.
¿Dónde está la policía cuando se la necesita?
Ese día, el tráfico y sus zancadas, me robaron -también- la agonía. 





viernes, 24 de octubre de 2014

Your song.

Bailemos ahora que nadie nos ve.
Corre, cógeme una mano, la otra pósala sobre mi cadera y... paso a la derecha. Ahora hacia atrás. Bailemos.
Apoyo mi cabeza en tu hombro hecho a medida, y haz que me olvide del mundo y de mi. Bailemos a estos minutos que esperan con los brazos en jarra el final de esta canción. Hagámoslo bonito. 
Que se les ablande el corazón, que crean en este "nosotros". Borrémosles la cruel línea que perfila sus labios. Repartamos un poquito de nuestra magia cuando mi nariz roza tu pelo y... paso adelante. Bailemos. 
Sujétame como si fuera el instante más frágil de tu vida. Sujétame como si quisieras escribir el primer capítulo de tu libro. Báilame lento. Juntando tu mejilla con mi oreja fría. Susúrrame que no te cansas de mi juego improvisado de quererte cerca de mis pupilas. No dejes de bailar.
Así, -mientras mi vestido y tu pantalón hacen migas con el balanceo de nuestros pasos- me pierdo cerrando los ojos y juntando los labios. Silbando la melodía de la que hará de éste, mi mejor recuerdo. 
Atrás, paso a la izquierda y deslizas la mano que sustentaba mi cadera, para hacerse un hueco entre el vacío de mi hombro y mi cuello. Agarrando con más valentía lo que será tu canción favorita junto a mí. 

Bailemos ahora que el mundo nos espera en silencio.
Olvida que tenemos algo que pende de nosotros, aquello que llaman vida. Tomémonos este tiempo necesario, esta canción tranquilizadora. Que no solloce nuestro estómago. Estamos aquí.
Estaremos así.
Llegaremos a estarlo


cada vez que suene nuestra canción. 






lunes, 6 de octubre de 2014

El principio sólo es el comienzo.



"Like whispering you know me"



Quizá siempre fuiste, en pleno verano, la primera gota de agua que mojó la ventana de mi habitación. Quizá el perfume tormentoso que lo siguió a continuación. Ese olor mágico. Ese calor eléctrico y empapado. Quizá me fueses advirtiendo tu llegada.

Quizá has formado parte de mis cortes profundos en la piel y en el alma. La sangre a borbotones. Quizá el resquemor aún sin cicatrizar. El rojo intenso que se apoderaba de mis heridas. Quizá ya te querías presentar definitivamente. 

Quizá la huella de mi zapato contra una inocente pared. Quizá eras la desesperación por no encontrarte. Por tropezarme. Equivocarme y caerme. Quizá por querer salir a flote y no poder. Quizá ya entonces estirabas el brazo para darme la mano. 

Quizá el lado cóncavo en mi oído. El que se agita nerviosamente sintiendo un contenido en él inexistente. Algo que le llene, complemente. Un rincón sin todo este aire que me sobra. Quizá llegaste a rellenar ese hueco con el contorno de tus labios alguna noche entre mi desvelo y mi sueño.

Quizá cada sombra del suelo. Las que me daban la espalda, las que me observaban de frente. Quizá su tonalidad según tu tardanza en llegar. Las horas muertas. Los segundos en vida. Quizá ya te eché de menos sin tan siquiera reconocerte. 

Quizá, después de inviernos amarrada a la soledad palpable, bajo el frío de estos atardeceres  -que hoy dices, serán todos nuestros- miro hacia arriba y tan solo veo esto. La paz que estás insuflando en cada vértebra de mi espalda, en cada costilla magullada, herida en carne viva o gota salada de cualquiera de mis lágrimas trimestrales. 

Es quizá este sin saber, sin creer. Esta sin razón, la locura inocente y absurda. Estas ganas de no dejar de observar un punto en la nada. Quizá tus ojos en fuego calentándome los pies. Quizá la niña interna me susurra que ya estás aquí, en pie, entero y dispuesto a ocupar cada recoveco de mi vida. 

Tan sólo, quizá, bienvenido. 


miércoles, 3 de septiembre de 2014

Me sobra espacio.


"No te cierres, nunca se sabe. 
Quizá caiga una estrella."


Llevo días intentando arrancarme de todas las maneras habidas y por haber, este incesante dolor de estómago que se apura en dividirme el cuerpo en trocitos cada vez que llamo al recuerdo y te trae con él de la mano. 
Llevo días apostando cada gota de sueño por uno más de sus renglones, por una curva más de su pelo. 
Días en los que no me cuesta imaginarlo cerca, otros visualizándolo lejos.
 Días con esperanzas lanzadas al aire. Alientos que se recordarán. Césped aún mojado en mi retina. 
Llevo días negándome un respiro de entre sus dientes, del interior de sus ojos - y cómo queman esos ojos -. 
Llevo días de hacerme recogidos en el pelo para que cueste menos llegar a él. 
Días rodeada de unas manos tiernas sujetando mis ganas. 
Días en los que no como, por comerle. 
Días que transcurren como segundos si estoy en ese hueco entre su cuello y el cielo.

Días esperanzadores. 
Días midiendo los días.
Días consumiendo el tiempo.

Un tiempo que escapa más allá de mi visión.  Más allá de sus fugaces besos. Tiempo para un nosotros, un cara a cara. 
Tiempo que gasto en recordarte con cada pestañeo. Tiempo en el que aparece mi sonrisa apuntando a sus hoyuelos. 


Un tiempo que se agita sin hacer ruido. Constante e inquieto. 
(Como él)







lunes, 9 de junio de 2014

De un soplo de aire, el otro.

Si hablamos de adicciones
tú a la vida
yo a tus piernas
si aun tenemos esa fanfarronería
de mirarnos sin comernos
de comernos la instantánea
Si aun seguimos siendo
tú con aura
lo que yo con mi karma
podríamos estar llegando,
quizá adivinando el punto
exacto y pequeño
de cualquier primavera que,
a nuestro pesar,
nunca fue nuestra y pudo serlo.
Si mis botes de óleo recurrieran
al cobijo de mis pinceles,
que una vez fueron
repatriados de su lienzo
como yo de tu cama
sería probable navegar,
sin apenas llanto
repletos de luz,
- qué bonito ha sido -
en la dulzura de esos besos.



Si de ti se hablara en una novela
de esas con final abierto,
y yo, contínua lectora de tus hojas
repletas de pliegues y apuntes a media tinta
juraría - y óyeme bien - que las noches
(quizá tan sólo la mitad de ellas)
serían más llevaderas imaginando
cada letra escrita con el formato de tu voz.
Si los libros hablaran al lado de mi cama,
no estaría sola
ni echando de menos una figura clara
ni echando de más una de tus pestañas en la almohada.
Si tan sólo hubiésemos sido precavidos
y más listos
habríamos puesto cada vez el marcapáginas
en el primer párrafo de esta historia
 siempre comenzando de nuevo
lo que no queremos que termine nunca.




jueves, 15 de mayo de 2014

Día 1 - Si la vida te da limones.

Comprendí al fin lo que era tener. Como propio verbo, sinónimo y adjetivo. Comprendí lo que era sentir las manos llenas sin contener nada tangible dentro. Comprendí lo que la vida me había estado susurrando. Estuve sorda, y es que yo... yo ya lo tenía todo. 

- No quieres que me marche. No quieres que desaparezca de estas calles con la cabeza tan machacada como la que tienes en este momento. Dime que no puedes, que no eres capaz de verme andar y alejarte de aquí. - fue la última vez que mi retina quiso grabar la manera que tenía de articular con su boca, mi vida, antes de darme la vuelta y perderle. 

Desde entonces cada paso que he dado ha sido un escalón variante de entre los cinco centímetros a los cuatro metros de alto. La variabilidad de estados de ánimo, la voz que se me apaga o grita, los labios que se me secan de esperarle un rato más y la tranquilidad mojada de saber que no volverá. Quizá fue eso lo que construyó mis días desde entonces, poquito a poco, enseñándome desviaciones y caminos por los que no tropezar con sus ojos. Sí, quizá fue eso, el último sonido de su voz. 
De repente me vi envuelta en conversaciones que le desnivelaban, palabras que ya no le describían tan entero, correcto y fuerte como mis manos recordaban. Fueron muchas de sus versiones las que ya no me convencían tanto, haciendo plantearme si todo había sido parte de este espejismo entre los desiertos de nuestra piel. Si sus movimientos no siempre cortaron el aire a la perfección, si se dejó trozos de cielo desigual, si vendió amaneceres dorados cuando no eran más que tormentas. No resultaba ya lo mismo oírme decir su nombre como hacía un par de meses. Mi fonética había cambiado y no era consciente aún del por qué, del por qué bajaba medio tono nombrándole. 
Nunca salió de mi boca la palabra "fácil". Sabía el valor de las cosas, su significado, la creencia de que después de lo fácil, jamás le perseguía nada malo. Simple y rápido. Fácil. Por eso siempre anulé como "fácil" la manera que tuvo este universo para presentarnos. 

- Te juro que desde que era pequeña siempre he querido comerme un limón sin ningún tipo de expresión en la cara. 
- ¡Anda ya! eso es imposible, si no te pica la nariz, te va a escocer ésto de aquí. - su dedo se acercaba lentamente y al apoyarse en la quemadura de mi labio, contrarrestaba el frío de su yema con mi quemazón y mi urgente gana de que lo hiciera. 
- No, seguro que no me escuece. - Me deshago sonriendo de su tacto. - Además, cuando esté preparada para el limón, "ésto de aquí" ya se me habrá curado. Seré capaz de mirarte como si fuera de hielo, lo comprobarás.
- ¿Tendré ese gust..?
- Joder, perdona. - unas zapatillas, desgastadas y con amagos de cosido con hilos de distinto color al de éstas, interrumpieron pisando la que iba a ser mi siguiente sonrisa y la pregunta de Pablo. Y así, en pleno pasillo milimétrico de autobús, entre la multitud a una hora prudente para ir a casa a comer, mientras mis ojos cogían altura por esas piernas intrusas, alcanzando con la mirada el último rizo que desafiaba la gravedad entre su cabello y el cielo, descubrí lo que andaba buscando sin saberlo. - Lo siento, tío.

- ¡Ahh! - se quejaba calladamente Pablo una vez que "hilos de colores" se alejaba lo suficiente como para perderle de vista. Mirándome con un ojo cerrado y poniendo su pie derecho sobre el dolorido izquierdo, siguió con su queja - Joder, mierda de lunes, este autobús siempre va hasta arriba de gente. Menuda pisada me ha dado este tío. En fin, ¿por dónde íbamos?.
- Limones. - Amarillos. Como uno de los hilos. Y en ese momento, quizá hubiera estado bien que mi cuello no se hubiera alargado, o que mi cabeza no hubiera girado para mirar a mi derecha, pero antes de encontrarle, él ya me había encontrado desde la lejanía de su posición, sentado entre una joven chica leyendo lo que parecía un libro de Ángel González, idéntico al que yo tenía en mi mesilla de noche y al otro lado, un señor con una gabardina un poco abrigada para el Sol tan dulce que acariciaba su rostro a través de la cristalera del autobús. Pero el destello blanco de sus fríos ojos puso en duda la forma que debía tornar mi cara, pues su gesto observándome, era como mi meta a conseguir. Chupar un limón sin expresión. 

Cinco paradas y con la vista al suelo después de observar por un segundo su expresión (o más bien, no-expresión)  me veo bajando del autobús, estirando aún más el cuello mientras mi primer pie toca el asfalto de la calle de mi casa y me sorprendo mordiendome el labio por no morder una de las ruedas y pincharla. 

- ¿Pero qué pasa? ¿te has dejado algo dentro? ¿TE HAS DEJADO ALGO DENTRO? - me miraba Pablo agarrándome del brazo esperando una respuesta rápida para calcular el tiempo que le iba a llevar escucharme y echar a correr para parar el autobús en caso de que yo contestase que sí. 
- No, no. Tranquilo, no me he dejado nada... - tan sólo unas zapatillas desgastadas, pienso.

Llegamos a casa y mi cabeza dejó de resonar, pero algo dentro... yo sabía que algo... algo en el espacio-tiempo me había robado al menos un soplo de aire en el transcurso de esos veinticuatro minutos que duró el trayecto de aquel "Joder, perdona" a esa mirada impenetrable. 
Esa tarde comimos una de mis especialidades, arroz blanco con sabor a las especias de mi Marruecos, champiñones y garbanzos. No hubo queja, no quedó grano de arroz en el plato. Tuve sonrisas, muchas sonrisas de agradecimiento. Besos, besos sabor a Marruecos, besos con sabor a necesidad. Besos que pintaron de amarillo el resto de mi calendario. Amarillo limón. 




















lunes, 31 de marzo de 2014

Diez minutos más, por favor.

Si tan sólo me dieran diez minutos.
Suponiendo que los tuviera y que el cielo hoy fuera alba
diría - con este tipo de firmeza mía - que dejo todo
que de aquí a sabe alguien cuándo, me alejaría hasta terminar el asfalto
y así, sin inconvenientes, ni lágrimas, borraría cada poro sin cubrir
que el cuerpo me reprocha cada mañana al despertar.
Así dejaría la ironía en la que se ha convertido mi espejo
que, burlón y sabiondo, me observa por encima del hombro
que se queja y no cesa, y recuerda la impotencia que desprendo.

Tan sólo si me dieran diez minutos
fuese aquí o allí, borraría cada lazo que me sujeta las muñecas al poste de esta cama.
Perdería cada gramo de nostalgia que me une a quien no lo merece
e incumpliría a ratos las normas, no tendría educación, ni miedo a reprimendas.
No existiría rincón que no oyese mis gritos
ni Sol que no envidiara cómo te sonrío cuando peco de sincera.
No postrarme por nada, salir a flote de todo sin ayuda de remos ni cuerdas
y no pido por pedir - casi nunca lo hago - sin saber antes lo que quiero
esta boca la hizo un fraile, aunque se conforme con poco.

Si tan sólo me dieran esos diez minutos
tú no estarías mirándome como si hubieras perdido, quizá porque nunca ganaste
conformándote con el centro de mi invisible indiferencia
y es que no tuve tiempo suficiente para decirte
que si me dieran diez minutos más
haría de este lugar que llamas mundo
algo mucho más hermoso que las palabras, que no llenan y bastan.
Y si me dieran diez minutos,
tú y yo - de ésto sí que estoy segura - dejaríamos huella en el aire.




miércoles, 22 de enero de 2014

Con qué pie visten los hombres.

Basándome única y exclusivamente desde el más extenso y sufrido entendimiento sobre un hombre, hasta las reacciones que causan sus maneras de ser, en nosotras. 

Los hombres (salvo breves excepciones, incluso alguna pecando de una homosexualidad aún no desvelada) son bastante sencillos. No es como quien compra un mueble de Ikea y se rompe los cuernos para cuadrar el tornillo número 34 en un agujero inexistente. Ellos son composiciones de tan solo dos piezas: ESTO Y ESTO. Fin. No le deis más vueltas. No les agitéis bocabajo para conseguir que caiga al suelo algún tornillo suelto, porque no caerá, recordad, "ESTO Y ESTO. Fin." 
Normalmente para ellos decir un "no" siempre será un "no", y no querrá decir un "sí, tal vez, a lo mejor, jiji, ay boba". Es un NO. Al igual que un "sí" siempre será un "si". He aquí las diferencias.

Nosotras. 

Él: Eh, pillé dos pizzas familiares de quince variedades de queso. Una para cada uno. 
Tú: No, no, no, qué dices, estás loco. Engorda muchísimo. (Pensamiento: EN CUANTO LLEGUE EL REPARTIDOR TE MATO CON LAS TIJERAS Y ME COMO LAS DOS PIZZAS) 

Ellos.

Tú: Esta noche he pedido dos pizzas familiares. Yo no llegaré a comerme ni la mitad de la mía, así que para ti. 
Él: ok. (Pensamiento: OK)




Fácil, rápido y sencillo. 

No somos iguales, por mucho que queramos pensarlo. No somos iguales en ningún comportamiento. Lo que nosotras podamos contarles intentando tener en cuenta el sentimiento y la receptividad de la otra persona, a ellos no les ocupa ni tres segundos en profundizar y te dicen lo que realmente piensan. No es que seamos menos honestas, es que ellos son más rápidos (y toscos, chapados al rudo albañil de pueblo con palillo en la boca) y sus respuestas nunca están mal porque siempre irán a la clave del asunto, incluso con gesto de "¿qué ocurre?" te observan con incredulidad por tu grado de poca asimilación positiva a sus respuestas. Recordad, "ESTO Y ESTO. Fin." Es necesario aceptarlo para no llegar, con edad temprana, a asquearse de este tipo de mentalidad poco misteriosa y cero merodeadora. 
Ésto es causa de la muerte cerebral de algunas de nosotras, que buscamos aquel que consiga vocalizar un "NO" y en los ojos tenga un "Por supuesto, nena." De esos, muy albañiles en los momentos que requieren serlo y muy labio inferior mordido y no te digo lo que estoy pensando porque así te mantengo intrigada. 
El cóctel molotof. Para vosotros el "no tan sencillo pero cien por ciento efectivo." 
Porque no podéis negármelo, chicas, por propia experiencia e historietas a mi alrededor, hoy en día las mujeres toman otro tipo de dirección y cansadas del tosco de pueblo, exigen oír hablar de "aquel chaval que conocimos el sábado, sí, hombre, el que era tan interesante." Ni era guapo, ni quizá el pincel de pasarela que querríamos algún día correteando por nuestro cuello, pero sí (y es un SÍ de los rotundos. De los toscos. Honestos y rápidos.) tenía aquella lengua viperina que nos dejó con la miel, la colmena y el apicultor en la comisura de los labios. 





En realidad es fácil, muy fácil que nos lleguéis hasta la córnea en cuanto decís más de dos párrafos interesantes. Claro, para ello, has debido catar muchos caracteres de mujer y saber de qué pasta estamos hechas y por qué poro se nos ve el plumero. Como habréis observado en ningún momento he hablado de los que realmente son así, los medio-toscos de pueblo con EL PUNTO. Por propio conocimiento, nunca tuve el enorme placer de toparme con uno de los auténticos. Algunos casi dan tal pego que crees haberte enamorado y luego, al cabo de un tiempo y sin esperarlo, abren esa magnífica boca que sólo sabía derretirte y te sueltan una variable a la de la pizza. En ese momento levantas cualquiera de tus manos, ambas incluso, y la estalla contra tu cara, apretando y apretando para que milagrosamente, despiertes. 
Bueno, yo no desperté. Era la pura realidad y aun así aquí seguimos, conformándonos con las CASI octavas maravillas del mundo, las copias de aparente buena calidad. 



Pero claro, muchas veces pedimos peras al olmo, o diamantes a los cerdos. Tenemos lo que damos, es así de real. Ni ellos son auténticas piezas, ni nosotras somos el cuerpo presente de la perfección de una mujer según sus criterios. La que diga que si cuando quiere decir que si, que no piense más de la cuenta, que no derrame lágrimas si no es por cosquillas o la que, mientras duermes con la boca abierta, ellos observan lo mordibles que son nuestros labios. 
Es cierto, y cada vez más, que optamos por la postura "estoy harta y te voy a tratar como lo que piso en la calle, sí (con ese "sí" tosco y rápido), como a una baldosa". Quizá nuestro tope esté rozando el borde del vaso o directamente del catamarán con el que navegamos. Pero me alegro, muy satisfactoriamente además. 

Estamos redireccionando nuestras máscaras. Ni vosotros sois tan palillo en boca, ni nosotras tan "no" queriendo decir "sí". 

Si ya lo decía Sabina: 
"Más de cien pupilas 
donde vernos vivos, 
más de cien mentiras
que valen la pena".